EL JUEGO SE GANA EN EL NOVENO INNING (Y HILLARY LO SABE)

EL JUEGO SE GANA EN EL NOVENO INNING (Y HILLARY LO SABE)
Trump y Clinton disputan la Casa Blanca

La campaña de Estados Unidos es sin duda el evento político más relevante en el mundo occidental cada cuatro años; no es sólo por la gran potencia que es EEUU, ni por su influencia y relevancia económica y geopolítica a nivel mundial, sino porque suele ser un auténtico hito en la forma de hacer política. Crean nuevos conceptos en las ciencias políticas,  son los más innovadores, los que tienen fabulosos oradores,  los que cuentan con seminarios de actualización para expertos en marketing, comunicación y estrategia política, … y sí, también son las campañas de los grandes debates.

El pasado domingo, no sólo más de 100 millones de estadounidenses estuvieron a la expectativa de lo que sucedía en el segundo gran debate presidencial entre Donald Trump y Hillary Clinton, sino que también lo estuvieron todos aquellos en el mundo occidental medianamente interesados en la política o en un gran show televisivo.

Lo primero que debe decirse es que el debate que pudimos ver, lejos de ser un referente en la forma de hacer política, en la manera de comunicar y transmitir a los electores, será recordado como la forma en la que no se debe hacer política; debe quedar grabado como la manera de denigrar la política, llegando a ser más un show amarillista y sensacionalista que un debate en donde se planteara como afrontar los grandes temas que aquejan a los ciudadanos estadounidenses.

El debate estuvo precedido por grandes escándalos;  el más bochornoso y preocuparte para el comando Trump ha sido el relativo a las grabaciones del magnate hace más de una década donde realiza comentarios machistas, denigrantes y sexistas. Mientras, el comando Clinton tuvo que afrontar acusaciones horas antes de comenzar el debate sobre supuestas agresiones sexuales a 4 mujeres por parte del ex presidente Bill Clinton. Ambos escándalos fueron lanzados como dardos envenenados a los contrincantes por parte del público que formulaba las preguntas y serán más recordados que cualquier propuesta en materia sanitaria hecha por los aspirantes a la Casa Blanca.

Trump, controvertido por naturaleza, está enfrentando el peor escándalo desde que aspira la Presidencia. Sus comentarios machistas, obscenos y denigrantes han hecho que, a falta de un mes para el ansiado martes electoral, su comando viva un auténtico calvario, puesto que la indignación en el electorado y personalidades del Partido Republicano se ha hecho sentir. Por este motivo se especulaba que la ex primera dama daría el tiro de gracia para acabar con sus aspiraciones de llegar a la Casa Blanca.  No obstante, Trump, como si se tratara del programa Supervivientes, aún continua con vida. Quienes querían ver su final el domingo se quedaron con las ganas.

Hillary, que lleva más de 30 años en la vida pública y política, no lo quiso hacer. Si no lo hizo es porque entiende perfectamente cuáles son los tiempos en una campaña; sabe que más de un trapo sucio tiene escondido y que hay muchos adversarios internos y externos y aún queda un mes para las elecciones. Las encuestas, hoy por hoy, le dan como ganadora, pero en un sistema electoral tan perverso como el estadounidense hay que andar con cautela.

El sistema americano tiene la peculiaridad de ser de votación de segundo grado, donde en realidad los votantes escogen por estado a los representantes de unos colegios electorales, que a su vez son quienes escogen al presidente. No obstante, lo más venenoso del sistema es que, o se gana todo o se gana nada,  y es quien saca mayoría de votos en un estado el que se lleva todos los colegios electorales.

Encuesta en mano, como en cualquier campaña moderna, ambos comandos lo saben: el número a conseguir son 270 colegios electorales. Según una encuesta publicada en el portal de la cadena hispanoamericana Univisión, Clinton se sitúa con 341 de los 538 colegios en liza, mientras que Trump queda con 197. Casi 150 colegios electorales separarían a la una del otro, cifra que parece abultada pero que en la práctica pueden ser escasa.

Según la citada encuesta, hay cuatro estados en los que Clinton aventaja a Trump por un estrecho margen de entre 1 y 2.9 puntos, cifra menor del margen de error de la encuesta. En Ohio hay una diferencia de 1 punto, y cuenta con 18 colegios; en Nevada hay una diferencia de 1,2 puntos, y cuenta con 6 colegios; Carolina del Norte tiene una diferencia de 2,6 puntos, y posee 15 colegios electorales; por su parte Florida, el estado que hizo que Bush hijo le arrebatar a la presidencia a Al Gore en el 2000, tiene una diferencia de 2,6 puntos y cuenta con 29 colegios electorales. El comando Trump, si logrará revertir estos resultados en esos estados claves, pasaría a tener 265 colegios por 273 de Clinton. Resultado muy ajustado.

Pero aún hay más.  Minnesota tiene una diferencia de 4 puntos a favor de Clinton, y cuenta con 10 colegios electorales. Hasta 4 puntos parece ser una cifra reversible en una campaña tan dura, sangrienta, polémica y llena de escándalos como lo está siendo la campaña de 2016, más aún si se tiene en cuenta que, de los 5 estados clave, en el año 2004 los republicanos ganaron todos menos Minnesota, en el 2008 los demócratas ganaron los cinco y en el 2012 los demócratas solo perdieron Carolina del Norte, por lo que son estados volátiles.

Trump, a estas alturas de la campaña, en vez de intentar ganarse a los indecisos en el debate, estuvo apagando fuegos entre los suyos, intentando mantenerlos en el barco y que olviden que tiene una imagen de machista, arrogante y denigrante. Eso lo sabe Clinton, como también sabe que está ganando el juego, y que, como aspirante a presidente de una nación amante del béisbol, sabe que el partido se gana en el noveno inning y tras haber hecho el out 27 del partido.

Autora: María F. Herrera es abogada y experta en políticas aplicadas.

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