NEWSLETTER 414: Fontainebleau

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Buenos días, hoy es jueves 5 de octubre y los golpistas Puigdemont, Junqueras y Trapero siguen durmiendo en su casa:

Siempre que se producen acontecimientos convulsos como los actuales proliferan las comparaciones históricas. Una de las más comunes es recurrir a un Chamberlain, tibio frente al adversario, y buscar a su Churchill particular, implacable frente al enemigo. En España no necesitamos recurrir a pasajes de la historia de otros países para ilustrar lo que sucede actualmente; tenemos una trayectoria rica y sobrada de ejemplos.

En 1807 Carlos IV, un Rey cobarde y débil, junto a su valido Godoy, un estadista de escasas cualidades, firmaron con Napoleón el Tratado de Fontainebleau, que permitía a las tropas francesas atravesar España para, aparentemente, conquistar Portugal. Como era de esperar las tropas francesas se aprovecharon de la nula pericia de aquella grotesca pareja y ocuparon ciudades de España, incumpliendo el acuerdo y dejando en ridículo a la monarquía.

No contento con ello, Napoleón aprovechó las discrepancias entre Carlos IV y su heredero Fernando VII para, en 1808, arrebatarles la Corona y entregársela a su hermano, José Bonaparte. Las abdicaciones de Bayona, en las que Napoleón les forzó a abandonar, son uno de los episodios más humillantes de nuestra historia.

Cuando Napoleón, uno de los mayores genios militares de la historia, creía tenerlo todo controlado, apareció el factor decisivo que le llevaría a la derrota: el pueblo español se levantó contra el enemigo.

El Dos de Mayo de 1808, y comenzando en Madrid, un pueblo prácticamente desarmado desafió al imperio francés iniciando una resistencia heroica que se prolongaría durante varios años dando como resultado el inicio del fin de Napoleón.

Eso le intentó explicar José Bonaparte:

Hacen falta muchos medios para someter a España… este país y este pueblo no se parecen a ningún otro. No hay un solo español para defender mi causa.

Tengo por enemigo a una nación de doce millones de almas, enfurecidas hasta lo indecible. Todo lo que aquí se hizo el dos de mayo fue odioso. No, Sire. Estáis en un error. Vuestra gloria se hundirá en España.

Y se hundió.

Lo que hoy sucede en Cataluña guarda diferencias notables con aquella situación, aunque pervive una similitud esencial: frente a la agresión del enemigo, porque eso y no otra cosa es el nacionalismo, y la inacción de un Gobierno cobarde e inoperante como el de Mariano Rajoy y su valida Soraya, el pueblo español ha vuelto a salir a la calle. Sin armas, con una bandera rojigualda, dispuesta a recuperar el espacio que otros le han intentado arrebatar. Y con su Rey, porque a diferencia del Gobierno, en este momento histórico la Corona sí está a la altura.

Obviamente Puigdemont no es Napoleón, ni siquiera Hitler, sino un mediocre fanático completamente alejado de la realidad. Y el separatismo catalán poco tiene que ver con el imperio francés, pero el nacionalismo como enemigo, y eso bien lo conocemos en Europa, es insaciable, temible y destructor. El aplastamiento de esa idea y la derrota de sus defensores será la consecuencia inevitable de esta batalla. Porque esto ya es una guerra.

 

El fanático Puigdemont apareció ayer para darle la réplica al Rey de España. Con esa pose típica del nacionalismo catalán, aparentando una cordialidad abyecta tras perpetrar y seguir perpetrando el golpe de Estado, ofreció diálogo y buscó una mediación. El Gobierno, quizás por seguir haciendo absolutamente nada, rechazó la propuesta, acertando esta vez. Soraya, que volvió a acusar a Puigdemont de actuar al margen de la ley pero es incapaz siquiera de detenerle, se encargó de rechazarlo.

En Europa andan un poco despistados. Si bien aprobaron el uso de la fuerza que ejerció España en defensa de su Constitución y soberanía el 1 de octubre, algunos individuos como Guy Verhofstadt, que procede del Estado fallido belga, nos intentaba explicar cuál era la solución: una España federal en una Europa federal. Las dos partes tienen que sentarse y dialogar.

Querido Guy: los golpistas no son parte de nada y el Estado no se sienta a la mesa con delincuentes. Y el federalismo en España ya existe, seguramente como causa de los sucesos actuales.

Para finalizar, España sale a la calle ante la desesperante pasividad de su Gobierno. Como en 1808, pero esta vez con el Rey, los españoles han determinado que no cederán ante el enemigo. Quizás ésta era la encrucijada que necesitaba la Nación para rejuvenecer. Frente al totalitarismo nacionalista, la bandera rojigualda y la Marcha Real representan la liberación, la civilización y el Estado de Derecho. Si Rajoy y Soraya abdican, España ganará esta batalla en la calle. Y los nacionalistas lo comprobarán.

Vuestra gloria se hundirá en España.

Siempre vuestro,

mb.