NEWSLETTER 417: Ocho segundos

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Buenos días, hoy es miércoles 11 de octubre y los golpistas siguen entorpeciendo España y sin entrar en prisión:

El domingo los españoles salieron a la calle a hablar mucho más alto y más claro de lo que pudiera transmitir cualquiera por sí solo. Frente a la turba burocrática, mecanizada y fanática que cada 11 de septiembre tiene sitio reservado en los aquelarres independentistas, el fin de semana Barcelona recibió a individuos felices de serlo y por ello defensores de la única bandera que garantiza su libertad: la rojigualda.

Esa reacción espontánea de un pueblo hastiado, junto al brillante discurso de un monarca a la altura de las circunstancias y una fuga de empresas que sólo en el momento de la verdad han sido honestas consigo mismas y con sus accionistas, es lo que verdaderamente ha parado el golpe que patéticamente fue matizado ayer.

Que individuos absolutamente mediocres como Puigdemont, Junqueras o Gabriel sean capaces de paralizar una nación con su torticero proceder es algo que deberíamos revisar. El Gobierno ha permitido hasta límites mucho más allá de lo razonable la actuación de un grupo de sediciosos que desde hace un lustro no hacen sino conspirar contra la democracia y el Estado de Derecho.

Gracias a las contemplaciones monclovitas, Puigdemont ayer pudo comparecer con apariencia no sólo respetable sino casi prestigiosa para proclamar un mensaje que tenía en vilo a la comunidad internacional. Pese a su evidente ridículo, España dio una imagen de división y debilidad absolutamente inaceptable. Ningún país serio puede estar a merced de los desvaríos de un fanático. Ni un solo minuto.

Afortunadamente la historia se repite en todos los sentidos. La Generalidad de Cataluña jamás ha servido para otra cosa que la conspiración contra el Estado, la división entre catalanes y la deslealtad, aunque todos sus intentos han acabado en cobardes huidas hacia adelante convenientemente reprimidas por los legítimos poderes de la nación, porque eso y no otra cosa es España.

Puigdemont, Junqueras, las CUP y los Jordis, inquietantes sujetos de pasado filoterrorista, desconocidos para el gran público pero regados con dinero público a través de organizaciones sediciosas como ANC y Ómnium, han vuelto a utilizar la Generalidad para un golpe y, en el momento de la verdad, han regresado al más característico hecho diferencial del catalanismo: el ridículo más espantoso, la cobardía más atroz, el fracaso más estrepitoso.

Ocho segundos duró la falsaria República Catalana y durante ese tiempo los derechos y libertades de todos los catalanes estuvieron suspendidos, la integridad nacional fue quebrada y la Constitución laminada del territorio regional. El gatillazo no exime de la violación; la cobardía tampoco del golpe.

Es responsabilidad del Gobierno no sólo tratar a los golpistas como lo que son, sino poner todos los medios para que esta situación jamás se vuelva a producir. El problema que ahora tiene Moncloa es que para un grueso de españoles no bastará con una solución más o menos ortopédica a este ridículo histórico, sino que la actuación reclamada es mucho más intensa: las autonomías deben desaparecer.

Hoy se reúne el Consejo de Ministros a las 9 de la mañana para analizar posibles medidas a tomar. El PP se juega su hegemonía en el centro derecha, Ciudadanos deberá estar a la altura y el PSOE asumir que su propia existencia depende de la posición que tome en este asunto. Podemos, partido amortizado y traidor, es apenas un residuo histórico que se desvanecerá por el sumidero en la próxima cita electoral. Tampoco les echaremos de menos.

Ya puede empezar una nueva etapa que sitúe a los nacionalismos ante su auténtica dimensión histórica: la nada. La nación, orgullosamente levantada contra el enemigo, ha proclamado la democracia y la libertad.

Viva España.

Siempre vuestro,

mb.