NEWSLETTER 419: 155

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Buenos días, hoy es lunes 23 de octubre:

El presidente del Gobierno aplicó finalmente el 155 y las estructuras del Estado parecen más firmes que nunca. Quienes aseguraban que dicho artículo provocaría una reacción en masa del independentismo, que no son sino los mismos que también se opusieron a la ilegalización de Batasuna y a la lucha policial contra el terrorismo de ETA, se han vuelto a quedar en calzoncillos. Su aspecto es ciertamente ridículo.

España reclamaba autoridad con tanto ahínco que incluso el tímido proceder de Rajoy Brey, un mes y medio tarde, fue recibido con jolgorio entre los ciudadanos. Apenas un día después de que Tajani, Tusk y Juncker exhibieran músculo burocrático contra el secesionismo en los Princesa de Asturias, Moncloa salió a mandar.

Quien estuvo especialmente contundente, y por tanto brillante, en el Teatro Campoamor fue el Rey. Quizás algún día conoceremos el intenso papel que ha tenido en la unidad sin fisuras que presenta el bloque constitucionalista, donde incluso Pedro Sánchez podría ser confundido con algo parecido a un estadista. El Independiente apunta a Felipe VI como gran tejedor, junto al presidente del Gobierno, de los acuerdos que han cristalizado en una respuesta armónica, sólida y efectiva del 155. Que no sea flor de un día.

El 155 se ha presentado de una manera implacable. Poco tiene que ver con la cacareada limitación del mismo, que casi se presentaba como un recurso misérrimo que no molestara a los golpistas. El Gobierno del PP, apoyado por Ciudadanos y el PSOE, toma el control absoluto de la administración rebelde, desde la Presidencia hasta la Educación, pasando por Hacienda o la TV3. Que se haga con todo ello lo que se debería hacer es, ahora, harina de otro costal.

El independentismo, revolución puramente contemporánea por tuitera e inoperante, se encuentra cautivo y desarmado, como por otra parte siempre estuvo. Estos movimientos revolucionarios, basados en sentimentalismo de Superpop, carentes de un sustrato ideológico digno de tal nombre y con una organización absolutamente peregrina no pueden sino acabar en la inanidad. Para un victimista, la derrota es un gran alivio.

No obstante, es de reconocer que los golpistas han llegado mucho más lejos de lo que sería aceptable. El Gobierno de Rajoy Brey tardó sesenta meses en considerar el envite. En cinco años hemos asistido a la celebración de dos referéndums ilegales, a la utilización y manipulación de los datos personales de millones de catalanes, al despilfarro de millones de euros públicos en propaganda del delito, a la utilización de las instituciones para instigar a la sedición y a la quiebra constitucional los días 6 y 7 de septiembre, seguida de aquella bochornosa declaración de independencia ante medio mundo cuyo recuerdo, ojalá, acompañe a Puigdemont en su larga estancia en prisión.

Rajoy Brey, que ya no es sólo presidente de Gobierno sino también de la Generalidad, ha marcado los cuatro principales objetivos para consumar la restauración del orden. El cuarto, y no por casualidad, es la convocatoria de elecciones. Rivera lo proclama como cuando también se enorgullecía de haberle arrancado al gallego el compromiso de la limitación de mandatos. Rajoy sabe que la costumbre es un arma política poderosa; cuando en seis meses haya decrecido la efervescencia, aquella promesa parecerá muy lejana.

Puigdemont, convertido en una caricatura aún más grotesca de lo que todos imaginábamos, no convence ni a su tribu. En su infinita miseria moral nadie debe descartar que busque algún muerto con el que reavivar la llama de su patético propósito. El independentismo es un movimiento de gente triste, como también lo fue el populismo podemita que hoy languidece al calor de su inseparable aliado. La sonrisa de un país, como la revolución de las sonrisas, no es sino la máscara de la envidia, el rencor y la mediocridad que abrasa a sus integrantes. Las burbujas de la crisis están a un paso de explotar.

El Gobierno, junto a la oposición democrática y al Rey, han puesto en marcha la amplia, potente e implacable maquinaria del Estado. Como respuesta, el golpismo ha convocado al ya inservible parlamento regional para decidir qué hacer. Frente a la eficacia, fuegos de artificio. Contra la ley, charlatanería. Contra España, otra vez, el separatismo derrotado. Ya tienen su fracaso: otro más al que pueden venerar.

Siempre vuestro,

mb.