NEWSLETTER 397: Una hora en Moncloa

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Buenos días, hoy es jueves 7 de septiembre:

—Presidente, estoy preocupado.

—¿Y eso, m? ¿Qué te inquieta?

—Ayer se produjo un intento de Golpe de Estado en España, otro intento más, y usted parece demasiado tranquilo.

—Siempre me lo han dicho, especialmente desde que comencé a dirigir el partido, pero, ¿sabes qué? no me ha ido tan mal. Cuando tienes 62 años y llevas varias décadas en política aprendes a relativizar las cosas.

—Sí, lo entiendo, pero esto podría ser algo más que una de esas cosas. ¿No le inquieta ser recordado como el hombre que presidió un desmembramiento?

—Quizás hace años, cuando entré en política, me habría inquietado. Pero hoy no, y por dos razones: la primera, porque no va a pasar, y la segunda, porque no lo voy a permitir.

—Parece muy confiado…

—Lo estoy, m. Recuerda esto: si puedes elegir a tus enemigos, que sean siempre tan pretenciosos como los míos.

—No le sigo…

—Desde que comenzó el llamado procés, que como tú sabes no es sino un vulgar intento de quebrar la Constitución, los nacionalistas se ha desenvuelto con total torpeza. Jugaron la carta de la crisis económica, y pensaron que en medio del caos podrían lograr su objetivo. Nada más lejos de la realidad.

—Pero han llegado lejos.

—Hasta donde les hemos dejado.

—¿Y no es eso un síntoma de debilidad del Estado, presidente?

—Al contrario. Cuando hablaba de enemigos pretenciosos, m, me refería a eso. Nunca puedes ganar una guerra si partes en inferioridad y, además, muestras todas tus cartas antes incluso de comenzar la primera batalla. Es exactamente lo que han hecho.

—Creo que le voy entendiendo.

—Mucha gente le da excesiva importancia a lo que puedan pensar de uno en un determinado momento. Si te provocan, parece que tienes que responder inmediatamente, como si un presidente pudiera responder ante cada ataque…

—Pero esto no es cualquier ataque, se trata de un Gobierno regional desafiando al Estado.

—Donde tú ves un desafío, yo vi una oportunidad.

—¿Una oportunidad?

—Exacto. Muchos creen que soy un político sin ideas, poco más que un gris funcionario que se dedica a cuadrar la cuentas y a gestionar lo que heredé de otros. Pero no es así. Yo comencé mi camino en Alianza Popular, que no era un partido precisamente tibio, como me acusan algunos. Cuarenta años después, aquí sigo. Evidentemente he evolucionado, pero hay algunas cosas en las que todavía creo, entre ellas la unidad de nuestro país.

—Le escucho.

—Cuando llegué al Gobierno había un problema cuya resolución era inaplazable, y creo que ya sabes a cuál me refiero.

—La crisis económica.

—La dichosa crisis. Cuando ganamos las elecciones, el país estaba al borde de la quiebra. Mucha gente habla de la economía como si fuera algo propio de contables, como si no fuera política, pero se equivocan. La democracia no funciona sin prosperidad; es un requisito necesario y, en muchos casos, también suficiente.

—Y la resolvieron.

—En condiciones muy similares a las actuales: todos nos decían qué hacer, cómo hacerlo y nos criticaban porque no estábamos haciendo nada. Con calma y reformas, los resultados están a la vista.

—No entiendo qué tiene que ver con Cataluña.

—En aquel momento, el movimiento actual era aún incipiente. Movilizaban a su gente, tenían cierto éxito en la calle pero no estaban demasiado organizados y aún les quedaba un camino por recorrer hasta llegar al punto de desacato actual. Por eso tomamos una decisión.

—¿Cuál?

—Primero resolveríamos la crisis económica, que es la principal gasolina de cualquier populismo. Luego iríamos a por ellos.

—Pero no parecen muy intimidados.

—Ese era el plan, m. Cuanto más invulnerables crean ser, más errores cometerán.

—¿Y entonces?

—A mí el Estado autonómico me gusta un poco más que a ti, m, pero no demasiado. Sé que se han transferido competencias que a medio plazo son vitales para un Estado, pero si lo hubiera querido cambiar cuando llegué, en plena crisis económica y con una opinión pública que me apreciaba entre poco y nada, hubiera cometido un suicidio político.

—¿No será más difícil ahora, que se han atrincherado en las instituciones?

—Al contrario. Como presidente del Gobierno siempre he tenido de mi parte la ley y la fuerza, pero me faltaba la legitimidad, y no te hablo de mis votantes, sino también de los votantes de aquellos partidos que pueden gobernar después de mí. ¿Cómo crees que hubiera respondido la opinión pública si hace tres años yo decido recuperar alguna competencia para el Estado? ¿O movilizar a la Guardia Civil para detener a algún nacionalista rebelde?

—Hubiera sido un escándalo, seguramente.

—Seguro. Sin embargo, cada día que pasa me dan más argumentos para hacerlo. Al contrario de lo que piensan, el tiempo corre a mi favor, y no en el suyo. Después de espectáculos como el de ayer se encuentran más y más arrinconados, mientras que mi posición, que no es otra que la defensa de la ley, gana más adeptos. ¡Si llamaron fachas a Llamazares y Coscubiela!

—¿Y cuál es el siguiente paso?

—Esperar. Invalidaremos las decisiones ilegales que tomen, desde luego, pero les permitiremos protagonizar algún espectáculo más como el de ayer. Cuatro décadas de adoctrinamiento a fuego lento sólo pueden revertirse en poco tiempo con un shock de realidad. Están a una o dos escenas más de derribar su idílica imagen como si fuera un castillo de naipes, y lo van a hacer ellos mismos.

—¿Y la amplia mayoría de españoles? ¿No se puede sentir desprotegida?

—La política no siempre es fácil y la cara del poder no siempre es amable. Es bueno que la gente se sienta desprotegida, aunque sea por poco tiempo. Durante muchos años, buena parte de la sociedad ha despreciado la unidad de España, ha dado por supuesto el orden constitucional y ha considerado romántico el ideal que proponían los nacionalismos periféricos. Es el momento de que recuerden que no hay libertad sin España, porque los enemigos de España lo son también de la libertad; que la Constitución hay que defenderla cada día, porque siempre estará a una generación de desaparecer, y que la unidad no es una entelequia, sino la certeza que sostiene nuestros derechos y obligaciones como ciudadanos.

—¿Y después?

—Cuando sea el momento, y siempre antes del 1 de octubre, estaremos donde queríamos. Con un enemigo a merced y con legitimidad suficiente para hacer lo que de otro modo hubiera resultado imposible.

—Ojalá no se equivoque.

Siempre vuestro,

mb.